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Archive for the ‘Historia’ Category

Valle del BaztánEn estas tierras en las que todo tiene un fuerte simbolismo y altas dosis de carga política, un nombre es más que importante, especialmente para la izquierda abertzale. Un nombre tiene que recoger toda la carga simbólica de la historia, de un pasado mítico y glorioso y de un presente de lucha y reivindicación contra viento y marea. En la Izquierda Abertzale un nombre tiene que transmitir mucho, de modo que ya casi todo quede dicho y no haga falta preparar un programa político, ni un mensaje para la ciudadanía.

Herri Batasuna, Euskal Herritarrok, Sortu, Bildu y otros tantos nombres han querido condensar todo un relato de lo que ha sido, lo que es y lo que será la histórica lucha del pueblo vasco. El nombre elegido en cada caso ha podido tener más o menos éxito, pero la idea es siempre la misma: apelar a los símbolos del pasado para pulsar las emociones y convertir ese pasado en presente, entendiendo que todo es un continuo y que la batalla política actual no es sino un capítulo más de la lucha del pueblo vasco por su independencia. Desde que la memoria se pierde en la niebla de los siglos ha habido héroes del pueblo vasco que han defendido su independencia: en la antigüedad frente a la invasión romana, a lo largo de la Edad Media, frente a la conquista castellana, en las carlistadas, la guerra civil, el franquismo y la democracia. La verdad es que los conflictos en cada período histórico tuvieron significados y realidades diferentes, pero poco importa esto a la hora de construir el mito, de inventar la tradición para que todo tenga sentido en el discurso político.

El nuevo nombre con el que la izquierda abertzale se presentará a las elecciones será Amaiur. El nombre mira otra vez al pasado, a la batalla de unos pocos navarros frente a las tropas castellanas, en el castillo de esta localidad baztanesa. En este sentido, dentro del discurso esencialista abertzale, Amaiur representa el independentismo (vasco), el valor guerrero de quienes llegaron hasta el final defendiendo la independencia del Reino de Navarra, entendido como Estado vasco, en este caso. Visto así, el nombre podría parecer oportuno.

Sin embargo, Amaiur representa también algo más: el esfuerzo de unos vascos (guipuzcoanos y vizcaínos) en la conquista de Navarra, al servicio de Castilla. Como es sabido, la mayor parte de las tropas castellanas que se enfrentaron a los navarros en Amaiur estaba integrada por guipuzcoanos y vizcaínos. En este sentido, Amaiur simboliza también el “imperialismo” (utilizando terminología y anacronismos tan típicos de la izquierda abertzale) vasco en su esfuerzo por conquistar a Navarra.

No sé si el consciente, el subconsciente o el inconsciente de la izquierda abertzale les ha jugado una mala pasada en esta ocasión. Su intento por utilizar un nombre navarro como forma de llegar a los corazoncitos de los súbditos (no ciudadanos) del viejo Reino no ha hecho sino poner en evidencia cuál es su visión de Navarra. Porque yo me pregunto, cuando pensemos en Amaiur, en cómo han actuado con EA y Aralar en su frustrado intento por acabar con NaBai y en su nulo respeto a Navarra como sujeto, ¿no estamos viendo a aquellos guipuzcoanos y vizcaínos que ya participaron en 1521 en la conquista de Navarra?

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Por Álvaro Baraibar, Fernando Mikelarena, Gregorio Monreal y Peio Monteano, publicado en Diario de Noticias de Navarra
[http://www.noticiasdenavarra.es/2011/08/27/opinion/tribuna-abierta/recuperar-navarra] 

EL discurso abertzale y vasquista en Navarra ha estado marcado en los últimos decenios por un llamativo abandono de elementos muy arraigados en el imaginario colectivo navarro. Desde los años de la transición a la democracia, en el proceso de concreción del Estado de las autonomías, las formaciones aber-tzales han interpretado, en cierta medida, que el fortalecimiento de lo navarro implicaba necesariamente un debilitamiento de las aspiraciones nacionalistas de cara a constituir un sujeto político común a las cuatro provincias. Si bien esta fórmula en virtud de la cual más Navarra era igual a menos Euskadi pudo tener tal vez su razón de ser a finales de los años setenta y principios de los ochenta, en el marco de los debates en torno a los Estatutos de autonomía, no parece que en pleno siglo XXI, con 30 años de andadura del Amejoramiento y del Estatuto de Gernika, esta correlación tenga la misma fuerza.

Durante todos estos años, el interés del abertzalismo se ha centrado en rescatar o construir imágenes identitarias netamente vascas que pudieran ser enarboladas frente a los símbolos de la navarridad oficial. El proceso de identificación de algunos de dichos elementos con una imagen esencialista de España durante el franquismo, unido al antivasquismo de determinadas formaciones políticas, han colmado de razones a quienes han defendido esta estrategia política y discursiva. El nacionalismo ha renunciado en cierta medida a debatir sobre las lecturas e interpretaciones que se han hecho desde el antivasquismo al respecto de qué era y qué significaba ser navarro y sobre cuáles eran las señas de identidad de la navarridad, llevando el debate, en algunos casos, o permitiendo que se llevara, en otros, a un enfrentamiento entre identidades contrapuestas.

Nunca han faltado argumentos para alejarse de lo que oficialmente se ha identificado como lo navarro debido a que quienes se han erigido como intérpretes de la navarridad han centrado su labor en construir Navarra frente a Euskadi, en oposición y negación de lo vasco. Sin embargo, ese proceso de monopolización de la identidad de Navarra por parte de determinadas formaciones políticas ha sido posible precisamente por la decisión del vasquismo y el abertzalismo de reivindicar Navarra desde una lógica y una dinámica propias, en muchos casos, de la Comunidad Autónoma Vasca. Esto ha sido así también (y se podría decir que especialmente) cuando se ha pretendido cambiar la mirada hacia una supuesta centralidad navarra, afirmando que la solución no estaba en que los navarros tomáramos conciencia de nuestra identidad de vascos sino en que los alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos comprendieran que son, en realidad, navarros.

Desde la transición a la democracia, el discurso y la acción política del abertzalismo y el vasquismo en Navarra se han llevado a cabo desde ópticas más centradas en Bizkaia, en un caso, y en Gipuzkoa, en otros. Ni tan siquiera el origen y componente netamente navarro de dos formaciones políticas que han liderado durante los últimos decenios el espacio abertzale en Navarra como EA y Aralar han conseguido frenar este hecho en la práctica, por mucho que sobre el papel haya habido avances importantes en cuanto al reconocimiento de la especificidad navarra.

Es evidente que el proceso de institucionalización de Navarra durante la Transición tiene importantes déficits de fondo y forma. La exclusión en las negociaciones de las fuerzas políticas ajenas al consenso navarrista, por un lado, y el esencialismo que se esconde en el hecho de que el Amejoramiento no se sometiera a referéndum, por otro, no son cuestiones menores. El proceso de aprobación del Amejoramiento evidencia cómo ciertos sectores políticos navarros creen que la identidad queda fuera del ámbito de lo político, de la opinión, y lo llevan al mundo de las esencias, de lo inmutable, de lo que no es opinable ni se puede someter a un referéndum. Sin embargo, no es menos cierto que el Amejoramiento garantiza también el respeto de la foralidad navarra por parte del Estado y que esa foralidad no es o no tiene que ser necesariamente la que afirma ese antivasquismo, vestido de navarrismo.

Si queremos avanzar no podemos seguir cometiendo el mismo error que achacamos a otros. No podemos negar la realidad y excluir de nuestra idea de la navarridad aquellos elementos que también la conforman y de los que se ha apropiado el llamado navarrismo. Llevemos el debate sobre la navarridad a claves democráticas de respeto a la voluntad de la ciudadanía navarra y saquémoslo de una estéril espiral de negaciones que a lo único a lo que lleva es a mantener la actual situación de exclusión de una parte de los navarros y navarras.

Esa recuperación de la navarridad a la que nos referimos no debería limitarse a aspectos meramente simbólicos como la exhibición de la bandera de Navarra en actos culturales y políticos del abertzalismo navarro (una bandera, por otro lado, convenientemente modificada para evidenciar el rechazo de la oficial, todavía contemplada como un símbolo españolista). Sin despreciar para nada el valor de los símbolos, el verdadero cambio de perspectiva requeriría situar a la Navarra real en el centro del discurso y de la acción, sin renuncias, sin dejar de trabajar por esa o esas Navarras imaginadas y deseadas, pero entendiendo que habrá ocasiones en que lo más conveniente para los intereses de nuestra comunidad seguirá caminos diferentes de los de la Comunidad Autónoma Vasca.

La realidad sociológica y política de Navarra exige esfuerzos importantes a la hora de tender puentes y buscar puntos de encuentro entre diferentes. Ese es el reto que la ciudadanía navarra ha lanzado en las últimas elecciones forales, y en él el abertzalismo y el vasquismo navarros tienen mucho que aportar desde la voluntad de confluir y de construir desde la diversidad. Es necesario aceptar la pluralidad de Navarra y su especificidad dentro de Euskalherria como punto de partida. Mientras la respuesta a nuestros problemas siga centrada en dinámicas ajenas a Navarra y mientras se busque la solución en el alejamiento entre diferentes y la concentración de los abertzales y vasquistas frente a los que no lo son, el cambio en nuestra comunidad no será posible.

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Es un lugar común en todos los análisis que uno lee sobre la situación actual el dar por hecho que Zapatero pactará con el PNV los próximos presupuestos a cambio de transferencias para Euskadi. Soy de los que opina que una negociación presupuestaria no es el lugar adecuado para cambiar cromos sobre competencias autonómicas por dignidad, en primer lugar, pero también por sentido práctico, por cómo contemplan ese mercadeo desde España y la imagen negativa que arroja sobre los llamados “nacionalismos periféricos”. Es triste tener que recurrir a una negociación presupuestaria para lograr que se aplique la Ley y que competencias que territorios como Euskadi deberían ejercitar desde hace 30 años sean por fin una realidad. Pero es más triste todavía comprobar que es imposible explicarle eso a una persona de fuera de Euskadi sin que piense que no eres sino un pedigüeño y un aprovechado o simplemente un “nacionalista de mierda”.

Es bastante frecuente escuchar a ciertas personas criticar las propuestas de reforma de los regímenes autonómicos en el estado español y cantar las alabanzas de la época de la transición a la democracia, cuando todo se hacía por un amplio consenso y gracias al acuerdo y buena voluntad de todos. Normalmente ese argumento se emplea para criticar a esos nacionalismos insaciables que no hacen otra cosa que pedir nuevas transferencias y mayores cotas de autogobierno aprovechando cualquier resquicio y cualquier momento de debilidad por parte del gobierno de turno en Madrid. Pero lo que no ven o no quieren ver esas mismas personas es que ha habido un histórico incumplimiento de ese supuesto espíritu de la transición que distinguía entre regiones y nacionalidades no cuantitativamente, por la cantidad de competencias que cada cual pudiera llegar a tener, sino, cualitativamente, por lo diferente de su conciencia identitaria e incluso por el distinto origen de sus competencias (como es el caso de Navarra y Euskadi, con sus derehos históricos y sus regímenes forales). Tampoco quieren ver esas mismas personas que tanto ensalzan la transición y la Constitución de 1978 que esa misma norma contiene artículos, como el 150.2 que permite a un Gobierno transferir competencias a una determinada Comunidad aunque en un principio dichas competencias se considerasen como exclusivas del Estado. Es perfectamente constitucional la superación del techo autonómico y aquel pacto constitucional de 1978 así quiso reconocerlo.

El problema es que los llamamientos al espíritu de la Constitución de 1978 o al consenso constitucional en realidad suelen ocultar argumentos, ideas y opiniones no tan constitucionales y democráticos. Lo que subyace bajo esa argumentación no es otra cosa que un nacionalismo español que considera que lo que hay es ya demasiado “ceder” a unas “regiones de España” que debieran estar agradecidas; un nacionalismo español que considera impensable cumplir lo que la propia Ley dice (no ya el espíritu sino la letra misma de los Estatutos de autonomía ha sido incumplida por gobiernos tanto del PP como del PSOE); un nacionalismo, en definitiva, que niega el carácter abierto, dinámico y cambiante de las identidades y de las relaciones entre esas nacionalidades (naciones para muchos de nosotros y cada vez para más personas) y el Estado. Un nacionalismo que no pone objeciones mientras las cosas vayan según lo que a ellos les interesa, pero que se rasga las vestiduras cuando alguien se sale de su guión y que no tiene problema alguno a la hora de cuestionar  y poner en duda la legitimidad de decisiones mayoritarias fruto de un pacto político como ha ocurrido con el Estatut de Catalunya.

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Este próximo mes de agosto el Amejoramiento del Fuero navarro cumplirá 28 años. Tal vez para celebrarlo o tal vez por pura necesidad, el Gobierno de Navarra ha impulsado una reforma pequeña, breve y concisa, como corresponde —pensarán ellos— a la más amplia y más antigua autonomía de España.

Lo importante en este caso no es el qué, sino el cómo de la reforma, ya que nos muestra el verdadero rostro del navarrismo. El procedimiento llevado a cabo para la presente reforma, ya en pleno siglo XXI, ha seguido las mismas pautas, rancias y obsoletas, de hace 20 años.

Ahora, como entonces, se ha vetado la participación de un importante sector de la sociedad en las negociaciones. A principios de los años 80 el consenso alcanzado por UCD, PSOE, UPN y EKA dejó fuera de la comisión negociadora navarra a todos aquellos que no comulgaran con la versión oficial de Navarra (a quienes no compartieran la idea de Navarra consensuada por ellos, según la versión pública). A quien se excluyó realmente fue al nacionalismo vasco y, aprovechando el asunto FASA para resolver problemas internos en la UCD navarra) a Jaime Ignacio del Burgo.

En este año 2010, quienes se han sentido excluidos de la negociación representan a un abanico más amplio de sensibilidades políticas: NaBai, IUN, CDN y PP (donde, caprichos del destino, milita hoy en día Jaime Ignacio del Burgo).

El Gobierno de Navarra, sobre todo si es de UPN, se ve a sí mismo como único intérprete cualificado de la navarridad. El proceso de negociación de la reforma del Amejoramiento no era, según ha explicado García Adanero, el lugar ni el momento apropiados para que se manifestaran los partidos políticos. Estos podrán intervenir en la aprobación (por vía de lectura única) en las Cortes Generales y en el Parlamento de Navarra, dando un sí o un no a lo ya cocinado por otros.

Pero las similitudes del proceso actual con el que se siguió hace 20 años no acaban aquí. Hoy también el Amejoramiento (en este caso la reforma) se aprobará en las Cortes Generales en lectura única tratando de simular ese supuesto pacto sellado entre Navarra y España en 1841, un pacto de naturaleza —según afirman— jurídica, refrendado por la institución en que reside la soberanía popular (las Cortes) como mero formalismo, ya que el Pacto, el de verdad, se habría llevado a cabo entre los verdaderos sujetos históricos: Navarra y España, no el pueblo navarro y el pueblo español o la ciudadanía navarra y la ciudadanía española.

Hoy, como hace 28 años, el navarrismo (donde ya por entonces se había instalado el socialismo navarro) ha escenificado cuál es LA IDENTIDAD de Navarra y quiénes son sus intérpretes, obviando y marginando a quienes piensan diferente y, por si acaso, también a quienes piensan parecido.

El bien de Navarra debe prevalecer incluso contra el criterio de los navarros y navarras. Para evitar que éstos puedan equivocarse el Oráculo foral (el Gobierno de Navarra) debe permanecer a salvo, lejos del nacionalismo vasco. Ésta, y no la libertad, ha sido siempre y desde siempre la regla básica de todo buen navarrista. El respeto a la voluntad de los navarros se puede sacrificar cuando de lo que se habla es del ser de Navarra.

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Todos sabemos que Francisco Franco murió en la cama siendo un ancianito que había dirigido con mano dura una dictadura durante casi 40 años. Cuando hojeo las memorias de algunas personalidades de los años de la transición o cuando leo algunas declaraciones o entrevistas de políticos de los años 70 y 80 hay ocasiones en que se me escapa una sonrisa al ver lo convencidos que algunos se muestran de su compromiso con la lucha antifranquista y de sus ideales democráticos. Es lo que tiene la memoria, que elige lo que quiere recordar y, consciente o inconscientemente, justifica lo hecho en el pasado con argumentos del presente, de modo que la trayectoria de cada uno de nosotros siempre es coherente a nuestros ojos.

La oposición al franquismo no fue tan significativa como puede parecer de la lectura de estas memorias. Se redujo a unos pocos grupos de la izquierda y los nacionalismos, que sufrieron con dureza la represión franquista. No fueron pocos los que compartieron los fines y los medios del franquismo y no son pocos los que hoy en día siguen justificando no solo el alzamiento militar contra la República, sino los casi 40 años de represión y de dictadura.

Desde 1999, año en que se cumplió el 60 aniversario del final de la Guerra Civil, varias organizaciones han venido trabajando cada vez con mayor eco mediático y social por la recuperación de la memoria de los perdedores de la guerra. Parecía que su labor podía lograr que por fin, 30 años después de la muerte de Franco, se abordara uno de los temas que quedaron pendientes en la Transición. Del mismo modo que el franquismo dejó sin resolver algunos de los principales problemas y debates de la República, la Transición cerró en falso, con un pacto de silencio, la herida abierta en el país por la represión franquista no solo durante la guerra, sino también por la llevada a cabo en los años inmediatamente anteriores (y posteriores) a la muerte del dictador.

El intento de recuperar la memoria de los represaliados por el franquismo ha movilizado a personas encuadradas en grupos de la extrema derecha, como Falange y Tradición, que han atacado monumentos alzados en recuerdo de las víctimas y han amenazado a cargos públicos navarros.

Hace escasos días, conocíamos la noticia de que el Tribunal Supremo había admitido a trámite una querella de Falange Española de las JONS contra el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón por la decisión de éste de declararse competente para investigar las desapariciones durante la Guerra Civil y el franquismo. La impunidad de organizaciones de extrema derecha que participaron directamente en el régimen franquista y en la violencia de los primeros años de la transición a la democracia nos ha conducido a una especie de mundo al revés, en el que el acusado se convierte en acusador y el juez en juzgado.

Algo ocurre en un país cuando organizaciones que nacieron ensalzando el papel de la violencia política, que participaron activamente en la dictadura y en la represión franquistas, que hicieron lo que hicieron durante los primeros años de la transición y que amenazan y actúan hoy en día como lo están haciendo pueden seguir actuando en política como si nada hubiera ocurrido.

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conde_rodeznoHoy hemos tenido noticia de la sentencia del TAN en que se desestiman los recursos interpuestos por tres fuerzas políticas contra la decisión de la alcaldesa de Pamplona de llamar Plaza Conde de Rodezno a la Plaza del Conde de Rodezno. En marzo de 2009 NaBai, PSN y los ediles no adscritos elegidos por ANV votaron a favor del cambio de nombre de la Plaza de Pamplona que homenajeaba a Tomás Domínguez Arévalo. Ante esta situación, Yolanda Barcina decidió ese pequeño cambio de nombre argumentando que la plaza recordaría en adelante no a un conde en particular, sino al título nobiliario en general. Este argumento ha sido refrendado, por tanto, por el Tribunal Administrativo de Navarra.

El Tribunal no ha considerado que se trate de un fraude de Ley y la jugada le ha salido “bien” a la señora Barcina. Puedo imaginarme perfectamente la sonrisa de algunos al pensar en lo ocurrido y hasta la risa socarrona de otros, acompañada por algún chiste sobre los rojos durante la guerra. Podríamos considerar que se trata de una cuestión anecdótica. Sin embargo, se trata de algo que tiene un fondo más que preocupante.

La triquiñuela es en realidad una típica alcaldada que dice mucho del respeto que ella parece sentir por la opinión de los demás, incluso cuando es una opinión mayoritaria. De todos es conocido lo poco que le gusta que le lleven la contraria, incluso dentro de sus propias filas (la decisión de cuándo y cómo expulsar a Cristina Sanz del grupo municipal de UPN frente a las declaraciones de sus compañeros de partido es otro ejemplo reciente).

Pero en el caso de la denominación de la plaza Conde de Rodezno, más allá de una decisión que podría interpretarse como una afirmación de autoridad, lo preocupante de la cuestión es que el gesto en sí simboliza a la perfección precisamente lo que la mayoría del Ayuntamiento quiso eliminar del callejero pamplonés: el autoritarismo de un régimen recordado y homenajeado en la figura de uno de sus ministros. Aunque puedan argumentarse cuestiones competenciales o de otra índole la decisión de la alcaldesa es un tic autoritario y va contra el sentir mayoritario de la población de Pamplona, expresada en el Pleno de la Corporación.

No quiero repetir lo que en su momento ya dije sobre la cuestión de la memoria histórica o sobre la diferencia que existe entre la historia y la memoria. Sin embargo, considero que es más que preocupante esa suerte de franquismo vergonzante que se puede vislumbrar tras algunas decisiones de formaciones políticas que pretenden dar lecciones de democracia. Desde que a finales del siglo XX se comenzara a hablar sobre la recuperación de la memoria de los perdedores de la guerra civil y sobre la manera de resarcir a los represaliados durante la guerra y la dictadura franquista, ha habido varias ocasiones en que este debate ha llegado a las instituciones. En todos los casos UPN ha evitado apoyar acciones o textos que condenaran la dictadura del general Franco, absteniéndose o negándose a participar en la votación. En algunos casos incluso se ha llegado a poner como excusa la violencia terrorista.

La plaza seguirá llamándose Plaza Conde de Rodezno. Oficialmente será un recuerdo al título nobiliario y no a Tomás Domínguez Arévalo, aunque en todos nosotros la denominación siga simbolizando y representando lo mismo que hasta ahora. Formalmente se habrán cubierto los requisitos legales y habrá que respetar la decisión del Tribunal, pero en el fondo no se trata sino de una burla con unos tintes autoritarios que lo dicen todo.

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20090804_1512_nuevoComo ocurriera hace un siglo, la cercanía del año 12 mueve los resortes identitarios de Navarra y hace que unos y otros se posicionen ante tan señalada fecha. Hace cien años el centenario celebrado no fue el de 1512, sino en el 1212, la batalla de Las Navas de Tolosa. La Comisión de Monumentos Históricos de Navarra, encabezada por los euskaros Campión, Olóriz y Altadill, quiso rememorar 1212 quién sabe si como forma de diluir el recuerdo de un 1512 no tan memorable para el Viejo Reino.

Los preparativos para el centenario, al igual que hace un siglo, se han iniciado unos años antes y por las manifestaciones de algunos parece como si en el 2012 se fuese a producir una alineación de astros que nos abocase irremediablemente al desenlace final de una profecía milenaria al estilo de las mejores novelas de fantasía. Soy un gran seguidor de escritores como Margaret Weis, Tracy Hickman, George R. R. Martin, David Eddings…, siento una gran pasión por la historia y me interesa sobremanera el debate identitario que vivimos en Navarra, pero creo que cada una de esas aficiones hay que vivirla por separado, sin mezclar unas cosas con otras. Y digo esto porque creo que resulta especialmente preocupante que haya todavía quienes a estas alturas busquen y, lo que es peor, encuentren en la Historia (o mejor dicho en sus historias) profecías y destinos preestablecidos que den respuesta a lo que somos y lo que seremos en el futuro.

Más allá del debate historiográfico, existe en nuestra tierra un debate político sobre el significado de 1512. Para algunos es el momento de la feliz incorporación de Navarra a España, cumpliendo el destino hispánico de Navarra que se va manifestando a lo largo de la Historia en los momentos especialmente dramáticos: lo hizo en 1212 en la gran empresa española de la reconquista, lo hizo en 1512, uniéndose al proyecto de unión nacional de los Reyes Católicos y lo hizo también en 1936 y cada vez que fue necesario. Es la interpretación que hicieron en su momento Víctor Pradera, Eladio Esparza y otros y que hoy es defendida por el navarrismo.

Por contra, hay quienes creen que existe un destino vasco de Navarra que también se ha ido manifestando como una resistencia a los intentos españoles por someter a Navarra: lo hizo en Amaiur y Noáin, frente a la invasión castellana, lo hizo en las carlistadas ya en el siglo XIX y lo hace incluso hoy en día frente a las diferentes fuerzas de la imposición española… Es el discurso tradicional de HB y la izquierda abertzale oficial y que hoy en día es defendido, con la idea del Estado vasco en Europa, por Nabarralde.

Ambos comparten un mismo principio: existe un destino prefijado para Navarra, manifestado a lo largo de los tiempos y ajeno a la voluntad de los navarros, ya que en ningún momento se les ha preguntado su opinión al respecto. En ambos casos, la pregunta acerca de qué queremos ser en el futuro se dirige no a los ciudadanos de hoy sino a lo que, desde planteamientos y preguntas del presente, tal vez pudo significar lo que otros hicieron en el pasado. Somos, como ya he dicho en otro lugar, esclavos de la historia, pues es ella (a través de maestres, magos y adivinos, ya que ¿quién de ellos puede llamarse a sí mismo historiador sin sonrojarse?) la que nos dice qué debemos ser y qué debemos hacer.

Navarra necesita un nuevo discurso que dé respuestas a los problemas del presente y del futuro y está claro que las claves del mañana no las vamos a encontrar en el ayer, sino en nosotros mismos y en quienes viven con nosotros. 1512 pudo significar muchas cosas y la mayor parte de ellas tienen poco que ver con lo que hoy, en el debate político, se pueda decir. Pero es que, además, lo que ocurriera o dejara de ocurrir hace 500 años no tiene por qué obligarnos a nada. Es bueno conocer la historia, pero no lo es someterse a ella. Ese espíritu de rebeldía frente al peso de la historia, frente a un pasado que nos obliga debería estar presente en ese nuevo discurso tan necesario en Navarra. ¿Se animará NaBai a liderar esa nueva Navarra?

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