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Archive for 26 septiembre 2010

Parece que el movimiento iniciado por Batasuna sigue avanzando y hace pensar en que esta vez sí puede ser la de verdad. Ayer Aralar se sumaba al acuerdo entre EA y Batasuna y fijaban un texto por un “Escenario de paz y soluciones democráticas”.

Entiendo los esfuerzos que se quieren hacer para que esta sea la definitiva y dejemos atrás la época en la que había unos iluminados que creían tener licencia para matar en nombre de unas ideas y de un pueblo. También entiendo que hay que estar en la foto, si esta vez es la de verdad, para no quedarse relegado en el nuevo escenario que se abra tras el abandono de las armas por parte de ETA. Sin embargo, no me gusta ver cómo nuevamente es la Izquierda Abertzale Oficial la que marca el ritmo, el contexto y hasta los términos empleados en un Acuerdo.

Intuyo que lo que se ha valorado es que para animar a la banda terrorista a dar el paso que todo el mundo espera había que hacer alguna concesión o dar algún paso desde las fuerzas nacionalistas. El texto acordado recoge un timing muy claro, en el que un gesto de ETA es seguido por otro del Estado. Puede parecer razonable y hasta puedo compartir el hecho de que habría que derogar la Ley de Partidos y que el trato a algunos presos condenados por delitos de terrorismo roza situaciones de escasa humanidad. Sin embargo, creo que hemos vuelto a caer en la trampa de admitir que existen violencias y violencias y que abandonada la Violencia con mayúsculas, los asesinatos, se puede avanzar en una primera concesión (la derogación de la Ley de Partidos para que Batasuna pueda presentarse a las elecciones de 2011), y eso es un error. No me parece que acordar algo con Batasuna simplemente con la esperanza de que el proceso vaya a salir bien sea un acierto. Porque, ¿qué pasaría si el Estado no entra al trapo y no legaliza a Batasuna? ¿Mantendría ETA la “tregua”? ¿Seguiría el proceso adelante? ¿Y qué haría Batasuna si ETA abandonara la “tregua”?

“La desaparición de todo tipo de amenazas, presiones, persecuciones, detenciones, y torturas contra toda persona por razón de su actividad o ideología política” y hablar de presos y exiliados de un “conflicto político” son expresiones e ideas, a mi modo de ver, que suponen una excesiva concesión a ETA. El texto está redactado de modo que las acciones violentas de ETA y las acciones del Estado se ponen al mismo nivel, como parte de un conflicto en el que hay dos bandos enfrentados en una lucha ya histórica. Se trata de la fantasía del conflicto vasco elaborada por Batasuna y que ha sido refrendada por EA y Aralar en el presente Acuerdo. Analizar el problema de la violencia de ETA desde posiciones de conflicto político entre dos pueblos es algo que está totalmente fuera de la realidad hoy en día.

ETA considera, afirma hoy la prensa, que el “escenario básico para que el proceso sea viable” es “que se tomen las medidas necesarias para que todos los agentes puedan actuar en igualdad de condiciones, que se establezcan los derechos civiles y políticos, que se desactiven los castigos añadidos impuestos a los presos políticos vascos y que, en general, se desactive toda situación de presión, injerencia y violencia”. ETA se retira, pero sigue ahí hasta que se den las condiciones que ellos estiman “básicas” para que el proceso siga adelante. Por tanto, ¿qué ha cambiado, me pregunto yo, salvo la urgencia de Batasuna por concurrir a las elecciones de 2011?

Hace no mucho escuchaba a un líder político de Aralar hablar de que ETA debía anunciar un cese de la violencia, de manera unilateral y “sin contrapartidas”. Sin embargo, el texto acordado con Batasuna contempla importantes contrapartidas al abandono de la violencia por parte de ETA, algunas de las cuales no esperan siquiera al cese de todo tipo de violencia. Me ilusiona pensar que el fin del terrorismo está cerca porque el fin de la violencia permitirá que podamos expresar libremente nuestras opiniones y nuestros proyectos de futuro, pero creo que acordar algo antes de tener ningún tipo de garantía ha sido un error.

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Txentxo Jiménez afirma que Batzarre ha tenido una evolución ideológica que le aleja de Nabai. Parecen un tremendo error esas declaraciones porque rompen la idea de una Nabai plural. Por muy difícil que sea gestionar la coalición es obligación de todos sacarla adelante. Si el electorado percibe que una de las partes quiere imponer su visión existirá el peligro de que retiren su confianza. Pero si se impone la visión de políticos que parece que dan más importancia al control y a la renovación por cuatro años de su contrato personal que a la Política con mayúsculas el cambio seguirá siendo lejano.

Dirigentes abertzales acusan a los demás de actitudes preocupantes y de pavor al cambio del PSOE y el PP. Ante esto y desde Navarra, me pregunto ¿qué miedo pueden tener UPN, PSN o PP a que hagan política, si el peso electoral del nacionalismo en general y de izquierda abertzale en particular es el que es? ¿Acaso no tenemos datos suficientes de su nivel de influencia cuando han estado en el Parlamento? Tal vez estos años su miedo no haya ido más allá de que les pudieran asesinar.

Desde EA se dice que “la izquierda abertzale” debería tener sitio en Nabai ¿de verdad cree que una fuerza política que, además de que no cree en una unidad que no pase por ellos, sigue diciendo a los demás qué debemos hacer? ¿Está lo suficientemente madura la izquierda abertzale tradicional para participar con Aralar (vendido a la estrategia española), PNV (partido de derechas traidor de todo), Batzarre (directamente español), o EA (ahora me sirves y mañana ya veremos), por no hablar de Uxue Barkos (qué no han podido decir de ella)?

Hay que trabajar por el futuro de Nabai como ese motor que generó ilusión de cambio en 2007 y no por que una de las partes se imponga sobre las demás. Y hay que hacerlo rápido, porque el tiempo y la incertidumbre van en contra (quien quiera leer una reflexión interesante puede ver el artículo firmado por praxku en gerindabai).

Una última idea. Da la sensación de que los partidos de Nabai temen a los independientes. Ese temor a dar cabida a personas no controladas por las estructuras debería traer como consecuencia buscar fórmulas de participación, pero muchas veces da la sensación de que lo que se busca es encorsetar su aportación o directamente excluirles. Esto al menos es lo que se percibe por muchas personas que quieren aportar en Nabai sin tener que encuadrarse en un partido. Además esta participación de los independientes ha sido uno de los principales valores (junto con el que cada partido aporta) para convertirse en un referente electoral. Lo más curioso de todo es que Aralar aparece como el partido más reacio a dar espacios a los independientes, cuando resulta que para la mayoría de los independientes resulta que Aralar ha sido el partido referente de muchos votantes no afiliados por su planteamiento progresista y renovador de muchas de sus propuestas. Y no se puede correr el riesgo de perder “activos” por miedo a la pérdida de control o de estatus.

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En el artículo de Santi Lorente publicado en Diario de Noticias el 18 de septiembre bajo el título PNV y Aralar en la estrategia española conviene precisar lo siguiente:

–         Se afirma que la “izquierda abertzale” dice alto y claro que no quiere ningún protagonismo, ya que es del pueblo y que a cambio lo que quieren son compromisos y hechos fehacientes para abordar de forma seria la puesta en marcha de acuerdos multilaterales. En principio bonito pero ¿quién es el garante de que el pueblo es el protagonista, y sobre todo, quién es su voz? ¿y qué sucedería si a criterio de “alguien” no se producen los compromisos que él considera se deben dar?

–         ¿quién está aportando más a la estrategia española, las opciones políticas que siendo conscientes de la realidad sociopolítica de Euskal Herria intentan construir una alternativa para impulsar un cambio político en Navarra, y en el resto de Euskal Herria, o quien legitimando el terrorismo como herramienta política ha dejado a este pueblo a las pezuñas de los caballos?

–         Ante la convencimiento que el autor tiene de que las personas de base en Aralar y de sus votantes, muchos de ellos antiguos votantes de Herri Batasuna, no ven con buenos ojos el acuerdo Aralar- PNV cabe preguntarse por qué sigue imperando en la izquierda abertzale tradicional la maldita manía de saber lo que los demás quieren. En lugar de preguntarse cuáles han sido las causas de esos votantes para dejar de votarles, da una lección de adivinación. Este tipo de afirmaciones recuerdan a otras no menos gordas como la que dice que no se ha consultado al pueblo sobre el Amejoramiento, cosa que es verdad. Tan cierto como que nadie ha sido consultado sobre la independencia. Eso sí, ellos lo saben y sin que nadie lo haya decidido son la voz del pueblo, y así nos va a todos. Hay que estar muy cegato para no ver que las opciones políticas que defienden el estatus actual de Navarra reciben en torno al 70% de los votos (aunque en privado dicen no están de acuerdo con sus dirigentes, a que sí). Y desde esa realidad sociopolítica es desde la que se tiene que llegar a acuerdos. No desde la construcción de acuerdos sin garantías. Tras el fracaso de Lizarra muchos nacionalistas hicieron la travesía que ahora debe hacer la izquierda abertzale tradicional.

El autor dice que las personas de base de Aralar no ven con buenos ojos el acuerdo con PNV aunque es evidente que han dado su apoyo a mantener Nafarroa Bai como propuesta política y electoral para impulsar el cambio en Navarra. Así que si el PNV es integrante de Nabai, es de suponer que los acuerdos se deban alcanzar entre los integrantes de la coalición. Otra cosa es que para la mayoría de los militantes de Aralar, y de muchos de sus votantes, lo ideal sería la construcción de una izquierda abertzale plural que incluya todos. En eso está Aralar. Pero no parece que esa futura opción pase por acuerdos políticos fundamentados en la necesidad de no desaparecer o en la promesa de escenarios que no sólo están por venir, sino que la experiencia muestra que en cualquier momento puede fracasar. Todos somos necesarios y Aralar ha dejado claro que está implicada en que se alcance ese escenario, pero la izquierda abertzale tradicional debe dejar bien claro que es una opción política más y que juega con una única baraja. Y aún son más las dudas que las certezas.

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El 11 de marzo de 2010 el Parlamento de Navarra adoptó por mayoría un acuerdo por el que se insta a todas las instituciones navarras a dar pasos a favor de la laicidad. Detrás de este acuerdo está trabajar por el respeto a la pluralidad de creencias que existe en nuestra sociedad. Todas las personas tienen derecho a tener su creencias e incluso a manifestarlo públicamente, respetando a los demás. Por ello, las administraciones públicas deben mantener una postura neutral ante esta situación.
Es evidente que esa neutralidad no se conseguirá en un plazo corto ya que las tradiciones tienen un gran peso en nuestra sociedad en la que una amplia parte de la ciudadanía es católica. Aunque desde un punto de vista religioso sea dudoso ese catolicismo de muchos, es evidente que son muchas las personas que participan en ciertas celebraciones como pueden ser las fiestas patronales, procesiones y romerías, bodas, bautizos, funerales… Aunque también resulta innegable que esa participación está disminuyendo, salvo algún que otro “momentico”
Otra situación que está originando confusión es el proceso de inmatriculación que la Iglesia Católica está realizando de edificios, iglesias y ermitas. Es preocupante la pasividad, por no decir otra cosa, de la Administración Foral y la del Estado para evitar un proceso muy cuestionable por parte de la Iglesia al declararse propietario de un patrimonio además de religioso también es cultural. Esta actitud de las Administraciones Públicas no es neutralidad, es dejación.
De la misma manera que un inmueble religioso no es automáticamente público porque lo hizo el pueblo tampoco pasa a ser de la Iglesia porque históricamente lo viene utilizando. Es necesario determinar quién es propietario de cada uno de esos bienes. Una manera de simplificar el tema sería la creación de un ente público que ostentara la titularidad y gestionara el mantenimiento y restauración de los edificios, pero sin suponer una carga a los Ayuntamientos, que no tienen recursos suficientes.
Este verano varios ayuntamientos han tomado decisiones para avanzar en esa neutralidad religiosa, algunas a nivel individual, como la no participación en actos religiosos en condición de cargo público, otras de tipo más institucional, como la no inclusión en el programa de fiestas de celebraciones religiosas, que evidentemente no organiza el Ayuntamiento. Estas situaciones muestran lo complejo que es el tema, por ejemplo, ¿cómo hacer coherente la neutralidad religiosa si todas las fiestas de los pueblos navarros lo son en nombre de un Santo o Santa?
Ahora bien, ¿es la Iglesia la responsable única de esta mezcla entre lo religioso y lo institucional? ¿o tal vez, la responsabilidad está en aquellos políticos que mezclan las celebraciones religiosas con la acción política, bien por propia creencia, o bien, por algo peor, como es el ganar votos? Ver a la alcaldesa de Pamplona desfilando en la procesión, las Siete llagas o lo que haga falta es la prueba palpable del populismo en su estado puro. Ver al alcalde del pueblo organizando la misa de la romería es una muestra cutre del aldeanismo más ramplón.
Cuanto más clara sea la línea que separa lo público de lo religioso menor será el peligro de que triunfen los fanatismos. Los cargos públicos no pueden, ni deben, ignorar a sus ciudadanos y su obligación es respetar todas las creencias y garantizar que se puedan expresar. Pero también están obligados a trabajar por la neutralidad religiosa de las instituciones públicas. Porque si no el siguiente paso es volver a pasar lista, como en la dictadura.

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La difusión de un video por parte de la organización terrorista puede considerarse a priori de buena noticia. Esa es la primera impresión, sobre todo para las personas que viven amenazadas. Me alegro por ellos y sigo reiterando mi solidaridad con las víctimas y la condena más firme del terrorismo de ETA.
Pero lo que ETA ha anunciado no ha sido “la continuidad de su decisión unilateral, indefinida y no condicionada del cese de las acciones armadas” tal y como dicen portavoces de la izquierda abertzale tradicional. Lo que han anunciado es informar de “que hace ya algunos meses tomó la decisión de no llevar a cabo acciones armadas ofensivas”. Si han tardado meses en anunciarlo ¿cuánto tiempo podría transcurrir entre la decisión de volver a realizar “acciones armadas ofensivas”, esto es, asesinatos, y el vídeo para hacerlo público? Da escalofrío pensarlo.
Ahora bien, supongamos que este anuncio es sincero, ¿es suficiente para la mayoría social de este país ese anuncio? Evidentemente no. Pero tendremos que hacer caso a lo que dicen expertos internacionales en el tema del terrorismo y esperar a ver si este es un primer paso de otros pasos que se han de ir dando (y de aportar lo que se pueda para que los den) o si volverá a acabar en fiasco. Y me da igual quien sea el causante de una posible ruptura, solo sé que si sucede ETA será el responsable exclusivo de volver al terrorismo.
Hasta 2006 creí que ETA acabaría por asumir que la utilización de la violencia no tenía sentido. El responsable de ese error fui yo y no los visionarios. Ahora no espero nada de ellos. De los partidos nacionalistas espero que no caigan en la tentación de preparar pistas de aterrizaje distintas al abandono definitivo de las armas. Todo el que crea que puede estar justificada la utilización de la violencia debe entender que no es posible hacer política desde esa premisa y que ese primer paso, si es cierto, lo es de una serie de pasos necesarios para poder llegar a ser tomados en consideración. Y es entonces cuando será posible buscar acuerdos y colaboración entre todas las opciones políticas nacionalistas. Hasta entonces la labor de los partidos nacionalistas democráticos es ayudarles a que solucionen sus problemas y hacerles ver que el respeto de todas las ideas y todos los proyectos es algo más que un slogan.
El nacionalismo vasco democrático lleva tiempo demandando que se respeten los derechos de Euskal Herria y de su ciudadanía. El Estado Español ni quiere ni querrá reconocerlos. La actuación de ETA y los planteamientos totalitarios de la izquierda abertzale tradicional han ofrecido un corsé al Estado con el que bloquear todo intento de avanzar en el autogobierno. Varios intentos de avanzar en la solución (Lizarra, treguas, “plan Ibarretxe”) han quedado sepultados por la negativa del Gobierno y por la frustración de la continua vuelta al terrorismo por parte de ETA. Cada nueva ocasión puede llevar a intentar acercamientos hacia el abertzalismo radical sin que estos den los pasos precisos. Y eso es suicida. La izquierda abertzale debe entender que si quiere hacer política no es aceptable un lenguaje confuso ni un posicionamiento táctico ante lo que está cayendo para después cuando pase el temporal volver a las andadas. Frases como “irreversible apertura de una nueva fase política”, “escenario que permita la superación definitiva de la actual realidad de bloqueo, violencia y represión y conculcación masiva de derechos democráticos y nacionales” o “corresponsabilidad de todos los agentes políticos, sociales y sindicales, ciudadanía protagonista, construcción entre todos y todas de un escenario de paz y resoluciones democráticas” suenan huecas mientras exista la posibilidad de que alguien pueda tutelar un proceso bajo la amenaza de que si las cosas no van “como deben” seguirán asesinando y extorsionando.
Si alguien cree que el abandono definitivo de las armas y la amenaza van a traer algo más que solucionar la situación de los presos y poder presentarse a las elecciones y hacer política como los demás, entonces volverá a fracasar. Puede que existan elementos suficientes para pensar que esta vez es la definitiva ya que son muchas las voces que después del fracaso de la tregua de 2006 consideran que volver al terrorismo incrementará el rechazo de la sociedad y la desafección de la ciudadanía de ese país que mesiánicamente han defendido hasta ahora.
Una última petición, que todo aquel que tenga algo que aportar que se ponga el buzo de trabajo y las gafas de ver (no las de soñar). Como he leído esta mañana en algún sitio, mostrémosles el camino y ayudémosles a recorrerlo. Yo añadiría, y una vez que hayan llegado será el momento para poder avanzar juntos.

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Es un lugar común en todos los análisis que uno lee sobre la situación actual el dar por hecho que Zapatero pactará con el PNV los próximos presupuestos a cambio de transferencias para Euskadi. Soy de los que opina que una negociación presupuestaria no es el lugar adecuado para cambiar cromos sobre competencias autonómicas por dignidad, en primer lugar, pero también por sentido práctico, por cómo contemplan ese mercadeo desde España y la imagen negativa que arroja sobre los llamados “nacionalismos periféricos”. Es triste tener que recurrir a una negociación presupuestaria para lograr que se aplique la Ley y que competencias que territorios como Euskadi deberían ejercitar desde hace 30 años sean por fin una realidad. Pero es más triste todavía comprobar que es imposible explicarle eso a una persona de fuera de Euskadi sin que piense que no eres sino un pedigüeño y un aprovechado o simplemente un “nacionalista de mierda”.

Es bastante frecuente escuchar a ciertas personas criticar las propuestas de reforma de los regímenes autonómicos en el estado español y cantar las alabanzas de la época de la transición a la democracia, cuando todo se hacía por un amplio consenso y gracias al acuerdo y buena voluntad de todos. Normalmente ese argumento se emplea para criticar a esos nacionalismos insaciables que no hacen otra cosa que pedir nuevas transferencias y mayores cotas de autogobierno aprovechando cualquier resquicio y cualquier momento de debilidad por parte del gobierno de turno en Madrid. Pero lo que no ven o no quieren ver esas mismas personas es que ha habido un histórico incumplimiento de ese supuesto espíritu de la transición que distinguía entre regiones y nacionalidades no cuantitativamente, por la cantidad de competencias que cada cual pudiera llegar a tener, sino, cualitativamente, por lo diferente de su conciencia identitaria e incluso por el distinto origen de sus competencias (como es el caso de Navarra y Euskadi, con sus derehos históricos y sus regímenes forales). Tampoco quieren ver esas mismas personas que tanto ensalzan la transición y la Constitución de 1978 que esa misma norma contiene artículos, como el 150.2 que permite a un Gobierno transferir competencias a una determinada Comunidad aunque en un principio dichas competencias se considerasen como exclusivas del Estado. Es perfectamente constitucional la superación del techo autonómico y aquel pacto constitucional de 1978 así quiso reconocerlo.

El problema es que los llamamientos al espíritu de la Constitución de 1978 o al consenso constitucional en realidad suelen ocultar argumentos, ideas y opiniones no tan constitucionales y democráticos. Lo que subyace bajo esa argumentación no es otra cosa que un nacionalismo español que considera que lo que hay es ya demasiado “ceder” a unas “regiones de España” que debieran estar agradecidas; un nacionalismo español que considera impensable cumplir lo que la propia Ley dice (no ya el espíritu sino la letra misma de los Estatutos de autonomía ha sido incumplida por gobiernos tanto del PP como del PSOE); un nacionalismo, en definitiva, que niega el carácter abierto, dinámico y cambiante de las identidades y de las relaciones entre esas nacionalidades (naciones para muchos de nosotros y cada vez para más personas) y el Estado. Un nacionalismo que no pone objeciones mientras las cosas vayan según lo que a ellos les interesa, pero que se rasga las vestiduras cuando alguien se sale de su guión y que no tiene problema alguno a la hora de cuestionar  y poner en duda la legitimidad de decisiones mayoritarias fruto de un pacto político como ha ocurrido con el Estatut de Catalunya.

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