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[por Álvaro Baraibar, en Diario de Noticias de Navarra, 4 de noviembre de 2011]

TAL vez suene utópico, pero soy de los que defiende la necesidad de una profundización democrática en nuestro sistema político. La radicalidad democrática es algo que se puede plasmar de multitud de maneras y que tiene infinidad de matices, pero que en pleno siglo XXI reclama a gritos transparencia.

Transparencia en política exige información frente a opacidad, confianza en la ciudadanía frente a clientelismo, respeto y diálogo frente a imposición y violencia (física o verbal) y, por supuesto, honestidad, coherencia y adecuación entre discurso y acción políticos. Transparencia implica también entender la política como un servicio público, no como un medio para defender intereses particulares, por legítimos que pudieran llegar a ser.

Alguien me dijo una vez que la política no es justa y que poco importa tener razón, sólo cuenta tener votos. Se trata de una perversión muy extendida, que ha convertido el medio en fin y que explica en parte el porqué del creciente desprestigio de la política y del abismo que se ha abierto entre los políticos y la ciudadanía. La Política (con mayúsculas) no es tarea fácil, pero nadie dijo que lo fuera.

UPN ha querido vetar los debates en TV. La excusa, que no pueden participar formaciones sin representación en Madrid; la realidad, que UPN no quiere verse retratada en un diálogo abierto con Uxue Barkos. Quiere debatir con quien no hay debate, con quien comparte gobierno y decisiones, con el PSN. Debatir para no debatir, para no comunicar, para no informar, sólo para hacer propaganda. Es decir, opacidad, falta de respeto a la ciudadanía, incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace y entre lo que se dice defender y lo que se defiende. Los debates televisivos asustan a algunos porque la capacidad en el cara a cara de un diputado es también, por supuesto, un elemento de juicio a la hora de decidir el voto. Porque se votan ideas, pero también personas, pues son éstas las que defenderán esas ideas. Y hay quien sabe que pierde en ideas y en personas, por eso no debate o no elabora un programa. El miedo es libre, dicen; la palabra, mejor guardada bajo llave, piensan otros.

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Nada cambio si tú no cambiasNavarra vive desde hace ya unas décadas un peculiar sistema político basado en el enfrentamiento y la exclusión de una parte de su ciudadanía. Como si de una reedición del régimen de la Restauración se tratara (salvando ciertas distancias, evidentemente), existen fuerzas perfectamente instaladas en el sistema, que controlan todos los resortes del poder (con su dosis de caciquismo foral), que excluyen a quienes piensan de forma diferente, y que refuerzan su posición gracias también a la acción radical (y violenta en algunas de sus manifestaciones), de determinadas fuerzas políticas antisistema. La necesidad de defender a Navarra que esgrimen unos o la autoidentificación de los otros como vanguardia de la lucha contra el régimen son ideas que les permiten justificar, sin necesidad de más explicación, el papel que desempeñan los primeros (UPN, PP y, desde hace un tiempo, también PSN) y los segundos (Batasuna y ahora Bildu). El resultado de este enfrentamiento no es otro que la perpetuación del sistema, del régimen de exclusión de la Navarra plural, de la Navarra real, cansando, desmovilizando y desilusionando a quienes quieren construir en lugar de destruir, convivir en lugar de convertir.

Dentro de esas reglas de juego, unos y otros quieren perpetuar el status quo para que nada cambie: los primeros porque están muy cómodos gestionando el poder y gobernando desde, por y para su propio espacio político, para sus navarros y navarras de bien; y los segundos porque para defender su propio chiringuito y su propia razón de ser necesitan un enemigo al que enfrentarse, que les responda con dureza y contra el que seguir dirigiendo (en su papel de vanguardia) al “pueblo oprimido”. Lo de siempre, vaya, la ya conocida (y fracasada, por cierto), acción-represión-acción, que tanto daño nos ha hecho.

Unos y otros quieren impedir que la ciudadanía vea como una fuerza útil a quienes trabajan por cambiar realmente la situación. Más de una vez, durante la pasada legislatura, ANV votó junto a UPN en el Ayuntamiento de Pamplona (y lo hemos vuelto a ver en la presente con motivo, por ejemplo, de la dirección del Gayarre). A Bildu no le interesa que se vea que NaBai (buscando el acuerdo con PSN e I-E) es una herramienta útil para un cambio real, para la esperanza en un futuro distinto.

UPN y Bildu se necesitan y darán muestras públicas de su respectivo odio porque es la mejor forma de llamar la atención de los medios de comunicación y del electorado, la mejor manera de lanzar un mensaje sencillo que llegue a las tripas y que oculte a la ciudadanía el hecho de que el cambio no llegará de ese enfrentamiento estéril que cuenta ya con décadas de fracasos para el abertzalismo y el vasquismo navarros, sino del entendimiento y respeto entre diferentes, desde la búsqueda de puntos de encuentro en los problemas reales de la población.

Bildu enarbola ahora el mensaje de la “unidad abertzale” e invita a participar en una nueva coalición a Aralar y PNV (sí, también a ese PNV que si va con otros es despreciable, pero si va con ellos es estupendo). La oferta no se ha dirigido a NaBai porque el objetivo de Bildu en mayo y ahora es destruirla, acabar con la única fuerza que puede hacer que las cosas y la manera de hacer política cambien en Navarra. En mayo Bildu convenció a algunos líderes de EA de Navarra y ahora ha hecho lo mismo con unos pocos (¿dos?) líderes de Aralar de Navarra.

La IAO, Batasuna, representa un proyecto diferente, que responde a una cultura política muy suya (y muy vieja, por cierto), que no está dispuesta a debatir y que simplemente exige a los demás que acepten sus planteamientos y se sumen a su último proyecto con sus condiciones, pasando por el aro. La pregunta es evidente: juntos, ¿para qué? Y la respuesta, aún lo es más. Grandes afirmaciones vacías como las de Urizar de «vamos a ir a Madrid para decirles que queremos dejar de ir» son una muestra clara del para qué de Bildu: para volver a los años 80 y 90 y que nada cambie (salvo quemar a EA y Aralar por el camino); para seguir con políticas antiguas que han dado lugar a muchos momentos históricos, pero sin resultado alguno. Volver a pasar por lo mismo no parece una buena idea, menos aún en esta situación de crisis. Por ello, como decía un amigo hace poco, NaBai (con el nombre que haya que darle ahora) es más necesaria que nunca.

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[Por Koldo Martínez, Patxi Leuza y Álvaro Baraibar, miembros de Zabaltzen-NaBai. Publicado en Diario de Noticias de Navarra el 17 de septiembre de 2011, http://www.noticiasdenavarra.es/2011/09/17/opinion/tribuna-abierta/navarra-como-sujeto-y-no-como-objeto]

Cuando el 1 de septiembre Zabaltzen celebró su asamblea constituyente aprobó una breve declaración política con cuatro puntos fundamentales por medio de los cuales quería expresar por qué, para qué y cómo nacía esta Asociación que reúne y organiza a algunos de los independientes de NaBai. El primero de esos cuatro puntos —”Navarra como Sujeto y no como Objeto”— reafirmaba la vocación de Zabaltzen de continuar un trabajo ya iniciado por NaBai a la hora de trabajar por, para y desde Navarra, desde la especificidad y, al mismo tiempo, desde el pluralismo propios de Navarra.

Pero, ¿qué significan y qué suponen esas palabras? Es importante explicarlo porque en la actual coyuntura son precisamente la clave y el elemento diferenciador de Zabaltzen y NaBai frente al resto de fuerzas políticas.

“Navarra como Sujeto” es una afirmación rotunda de democracia. Significa reivindicar el derecho de la ciudadanía navarra a expresar su opinión y a que ésta sea respetada. Significa olvidarnos de todo tipo de apriorismos y esencialismos en los que uno u otro creen saber qué es Navarra y cuál es el camino que Navarra debe seguir, sencillamente porque nosotros penamos que los futuros posibles son muchos y variados, no uno único que nos viene dado por lo que fuimos -o no- en el pasado. Sólo desde la aceptación de la pluralidad de Navarra, de sus varias identidades, se puede pensar en Navarra como Sujeto.

Para el nacionalismo del todo o nada, del conmigo o contra mí, sea del signo que sea (español o vasco), Navarra es poco más que un símbolo, una pieza del puzzle sin la cual la imagen no puede estar completa. Los nacionalismos excluyentes han hecho mucho daño a la Navarra real porque la han tratado como objeto, como ofrenda a causas que se creían superiores, y no como el verdadero sujeto de decisión que es y debe seguir siendo.

Sigue habiendo personas convencidas de que las naciones son sujetos históricos con vida propia al margen de lo que piensen sus ciudadanos. Sigue habiendo quien cree que uno es vasco o español porque sí, de la misma manera que se es rubio o moreno: uno podrá teñirse y camuflarse, pero seguirá siendo lo que es por naturaleza y nada podrá hacer para cambiarlo. Según éstos, la única opción es aceptarse sin más, y si no lo hacemos es porque no sabemos quiénes somos o porque nos negamos a aceptar la verdad. No pueden ser otros los que, desde fuera, nos digan a los navarros lo que tenemos que ser. Pero tampoco podemos ser algunos de nosotros quienes nos erijamos en defensores exclusivos y excluyentes de la Navarra real.

La afirmación de “Navarra como Sujeto” implica también un ejercicio de sinceridad con la ciudadanía a la hora de actuar en política. El sujeto político navarro es un sujeto adulto al que difícilmente se le puede engañar cuando alguien afirma hacer algo por Navarra y en realidad lo está haciendo por su propio interés partidista, por legítimo que sea. En este sentido, no es sincero quien dice defender Navarra y respetar a los navarros y navarras, pero exige nuestra Comunidad a cambio del fin de la violencia, como si la ciudadanía no tuviera nada que decir al respecto. Como tampoco es sincero quien dice defender Navarra, pero se olvida de su régimen foral y su autonomía fiscal como forma de facilitar el camino hacia un cambio de alianzas políticas en Madrid o quiere impedir que los navarros y navarras expresen cuál debe ser su relación con la Comunidad Autónoma Vasca.

La afirmación de Zabaltzen ha sido respondida con el silencio por parte de UPN (no quieren darnos cancha porque es NaBai y no Bildu quien asusta a UPN) y ha suscitado distintas descalificaciones desde las filas de la Izquierda Abertzale Oficial. Se nos ha dicho que nacemos desde la renuncia a Euskal Herria, como una especie de navarrismo de izquierdas más cercano a UPN que al nacionalismo vasco. Son afirmaciones que buscan la descalificación, pero que son totalmente falsas y lo saben. Es Bildu quien se parece realmente a UPN en su manera de entender la cuestión nacional, desde posiciones predemocráticas y desde la ausencia de respeto a lo que significa defender Navarra como Sujeto. Unos y otros, UPN y Bildu, desde su particular visión de una Navarra-objeto ajustada a sus respectivos intereses, buscan el enfrentamiento en lugar del diálogo y la exclusión y marginación del “otro” frente a la integración, y de todo esto ya hemos tenido suficiente en Navarra en estos largos años de invierno democrático.

Como decíamos al inicio, Navarra como Sujeto y no como Objeto es un elemento diferenciador de la propuesta de Zabaltzen y de NaBai, que se reafirma no sólo en el papel, sino en la práctica política, llevando a Madrid la voz de la Navarra real para hacer política real.

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[por Koldo Martínez, miembro de Zabaltzen. Publicado en Diario de Navarra, el 14 de septiembre de 2011]

El argumento esgrimido para impulsar la reforma constitucional ha sido el de la crisis económica y la necesidad de enviar mensajes a los mercados. Sin embargo, a nadie puede escapársele el hecho de que una reforma constitucional, más si cabe en España, trasciende el hecho coyuntural del techo de gasto de las administraciones públicas. Hay otros aspectos de la Carta Magna, y no poco importantes, que deben ser abordados y debatidos y que llevan muchos años de espera por la sencilla razón de que no parecen suscitar, de momento, un nivel de consenso equivalente, en cuanto al número y la representatividad, al de 1978.

Este es el contexto en el que dos partidos, PP y PSOE, han decidido pactar una reforma tramitada por vía de urgencia y sin referéndum, imposibilitando de este modo que la ciudadanía se pronuncie y muestre el grado de apoyo que la misma tiene a nivel de todo el Estado y también, no hay que olvidarlo, en las diferentes Comunidades que componen el Estado español.

Contemplada hacia el exterior, la reforma pactada por PP y PSOE puede transmitir una imagen de firmeza, de un gran pacto entre los dos grandes partidos estatales (siguiendo el ejemplo alemán), representantes de la gran mayoría de los españoles. Sin embargo, contemplada hacia el interior, la reforma supone, como se ha dicho, una quiebra del pacto y consenso constitucionales. Es cierto que PP y PSOE representan sobradamente la mayoría cualificada que legalmente es necesaria para impulsar una reforma constitucional, pero no lo es menos que la configuración territorial y política que estableció la Constitución y que están en la base misma del pacto constitucional reclaman un acuerdo que trascienda Madrid y que integre otras sensibilidades que están presentes y que son mayoritarias en las naciones o nacionalidades que reconoce la propia Carta Magna.

En este sentido, la escenificación del pacto alcanzado por PP y PSOE es muy importante y representa un giro con respecto a la postura mantenida hasta este momento, ya que ellos se han erigido en garantes e intérpretes de la voluntad nacional, excluyendo deliberadamente al resto de fuerzas políticas, emplazándolos a sumarse o no en un segundo momento, una vez que ellos hubieran fijado la ortodoxia del interés general, la voz del sujeto político, del sujeto constitucional. El mensaje a las nacionalidades recogidas en la Constitución, y cuya participación hasta ahora en cualquier reforma constitucional se hacía necesaria, es rotundo.

Siendo así, es importante reflexionar sobre lo ocurrido desde la perspectiva de los territorios forales y, concretamente, desde Navarra, teniendo en cuenta su autonomía fiscal y su régimen foral, ya que, curiosamente, UPN ha sido la única fuerza que se ha sumado al pacto. La postura oficial de Unión del Pueblo Navarro hasta ahora había sido la defensa de la necesidad de pacto entre el Estado y Navarra para cualquier aspecto que afectara a la Comunidad Foral. Sin embargo, este pacto no se ha dado, no ya a nivel jurídico, sino ni tan siquiera a nivel político. Navarra no ha sido ni atendida ni escuchada en ese pacto entre PP y PSOE a pesar de tener un régimen fiscal propio garantizado por el Convenio Económico y el Amejoramiento del Fuero y por la propia Disposición Adicional Primera de la Constitución. El voto favorable de UPN en el Congreso no puede ser entendido como una incorporación voluntaria de Navarra al nuevo pacto constitucional, ni tan siquiera aunque UPN haya cometido la torpeza, como tantas veces, de creer que es la única y verdadera voz de Navarra.

¿Cómo puede, por tanto, entenderse el apoyo de UPN a esta reforma constitucional que, en otras circunstancias, habría sido catalogada como un contrafuero y una injerencia en la autonomía navarra? El apoyo de UPN representa un espaldarazo a la España Uniforme, tan innecesario numéricamente como clarificador de su concepción de la relación de Navarra con el Estado. UPN está preparando el camino de un futuro entendimiento con el PP cuando los populares ganen las elecciones del 20-N y los regionalistas necesiten de Madrid, gobernado no por los socialistas, sino por los populares. UPN, por tanto, ha apoyado una reforma constitucional que afecta seriamente a la autonomía fiscal y foral de Navarra por intereses puramente partidistas. UPN, en definitiva, vuelve a demostrarnos que sigue pensando en Navarra no como sujeto, sino como objeto.

Estatua de los FuerosEs, por otro lado, llamativo el silencio de los regionalistas, populares y socialistas navarros ante una reforma constitucional que afecta seriamente a Navarra y a un régimen foral que afirman defender. Es curioso ver cómo la única voz que se ha podido escuchar en defensa del Convenio Económico y de la autonomía fiscal navarra ha sido la de Uxue Barkos, la de Nafarroa Bai. La única voz que ha reivindicado a Navarra como Sujeto político, y la única voz que ha calificado el proceso como “contrafuero”. Y es curioso precisamente porque el gran argumento regionalista a la hora de justificar el pacto entre UPN y PSN ha sido siempre el de evitar que los nacionalistas llegaran al poder porque ello supondría el final del régimen foral navarro.

UPN, que nació pidiendo el NO a la Constitución, ha sido, sorprendentemente, la única fuerza que ha apoyado una reforma pactada sólo por PSOE y PP, conformando un nuevo consenso constitucional de lo más particular. Y lo ha hecho, olvidándose de defender el Convenio y, en definitiva, el régimen foral navarro.

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Foro Er@gin, integrado por Álvaro Baraibar, Fernando Mikelarena y Gregorio Monreal, publicado en Diario de Noticias de Navarra
[http://www.noticiasdenavarra.com/2011/09/10/opinion/tribuna-abierta/modificacion-constitucional-y-regimen-foral-navarro]

LA reciente modificación del artículo 135 de la Constitución no es el primer cambio introducido en la Carta Magna -en 1992 se recogió el derecho de los extranjeros al sufragio pasivo-, pero sí ha supuesto la primera reforma de calado. Buscando la estabilidad presupuestaria, la nueva redacción impone un déficit estructural máximo al Estado y a las CCAA en relación con su PIB, déficit que fijará una ley orgánica y que será inferior al que permite la Unión Europea a sus Estados miembros. Sólo en contados casos podrá superarse este límite: recesión económica, catástrofes naturales o situación de emergencia extraordinaria. La constitucionalización del principio de estabilidad presupuestaria dificulta en extremo las políticas de inspiración keynesiana.

Ha sido llamativa la tramitación por vía de urgencia y la aprobación aplicando el rodillo parlamentario de PSOE y PP. Y ha sido más chocante aún el apoyo del solitario voto del representante de UPN otorgado gratis et amore, sin una contraprestación obtenida en una negociación de una reforma a la que no había sido invitado; un respaldo incondicional a una resolución ajena, por la mera voluntad de regalar el oído de los dos partidos estatales, de los que elogió su “sentido de Estado”. Mientras tanto, el resto de partidos del arco parlamentario, ya fueran de izquierdas, regionalistas o nacionalistas, han mostrado su rechazo a la reforma por múltiples motivos: la ruptura del pacto constituyente, la expulsión del consenso de todas las formaciones políticas minoritarias, y, algo que toca a Navarra, la disminución de la capacidad financiera para fijar su déficit estructural.

La actitud de UPN, con la infundada suposición de que la reforma deja todo tal como está, constituye una dejación grave del deber de intervenir y de obtener una garantía de salvaguarda del Fuero. Resulta más chocante al tener en cuenta que, en el debate, la representante de NaBai, así como el Grupo Vasco, advirtieron que la reforma podría lesionar gravemente la capacidad financiera y fiscal de los territorios forales, riesgo que se podría haber remediado de tramitarse la reforma por un procedimiento participativo. En este sentido hubiera sido decisivo recabar la opinión de instituciones y organismos encargados legalmente de emitir dictámenes y opiniones, desde el Consejo Económico y Social hasta las Comisiones Mixtas del Convenio y del Concierto Económico, pasando por el Consejo de Política Fiscal y Financiera o la FEMP. Alegar, para inhibirse, la superior cualificación jurídica del Convenio sobre los Conciertos no exime de la obligación de protegerlo, sino más bien al contrario. La longa manus de una Hacienda central en apuros quizás no haga esos distingos.

Al secundar UPN la iniciativa pactada a puerta cerrada por PSOE y PP, está poniendo de manifiesto que para los regionalistas la planificación de la actividad económica y el fomento del desarrollo económico de Navarra han de quedar supeditados a los criterios dictados desde Madrid, pese a que nuestra comunidad posee instrumentos fiscales e institucionales para modular su desarrollo en función de sus propias necesidades. Una vez más, ahora en ocasión de mayor trascendencia, ha quedado en evidencia el carácter meramente retórico del foralismo de UPN. Resulta incomprensible no haber estado al quite cuando se embestía un elemento de autogobierno tan preciado, íntimamente conectado con nuestra autonomía fiscal y tributaria. En tema de Fueros, como en otras materias, obras son amores y no buenas razones.

Lo ocurrido en el Congreso de Madrid no es un mero episodio; es la expresión de una forma de entender y gestionar, por parte del regionalismo navarro, el marco propio que ofrece el Convenio Económico. Los expertos han destacado reiteradamente la tendencia de los gobernantes navarros a desaprovechar las posibilidades del Convenio en cuanto a creatividad tributaria, a diferencia de lo que ha sucedido en los tres territorios históricos de la CAV, donde se ha intentado al menos explorar la potencialidad impositiva del Concierto Económico. Señalan los especialistas en Derecho tributario el mimetismo de los responsables de la Hacienda Navarra al trasladar a nuestro sistema fiscal las modificaciones de los territorios de régimen común. Véase lo ocurrido en la esfera del IRPF a partir de mediados de los años 90.

La actitud de dejación de UPN cuenta con un aval o como quiera llamársele. Nos referimos a la indulgencia, explicable en última instancia en motivos de naturaleza política, con que el Estado y las comunidades autónomas limítrofes contemplan las normas tributarias navarras. En textos fiscales materialmente idénticos en su contenido, el Estado y las comunidades autónomas adyacentes han actuado de manera muy diferente si eran adoptados por los territorios de la CAV o por Navarra. Mientras un gran número de normas de aquéllos han sido recurridas, sólo excepcionalmente han cuestionado las de Navarra. Este comportamiento diverso se justifica en la diferente naturaleza jurídica de unas y de otras, que permite que aquéllas sean recurridas ante la jurisdicción contencioso-administrativa mientras que las navarras, de calidad parlamentaria, requieren recurrir al Tribunal Constitucional. Obviamente, hay que acudir a la motivación extrajurídica.

De cualquier forma, nos atrevemos a sostener que UPN quizá hace un mal cálculo al suponer que la indulgencia externa será indefinida e incondicionada. En el pasado sobran los ejemplos respecto del comportamiento del Estado en cuanto a la contribución navarra en tiempos de vacas flacas. La coyuntura del erario público en las CCAA de régimen común y en la Hacienda estatal puede llevarles, a corto plazo, a dirigir su mirada hacia la Caja de las Haciendas forales o hacia la normativa fiscal navarra. La protección del régimen foral con motivo de esta reforma era por ello -incluso por una razón coyuntural- una cuestión de mucho relieve, y quizás la dejación tenga un costo mayor del deseable. La embriaguez de la gloria mediática de un día que ha traído a UPN su vapuleo a las minorías y su defensa en solitario del acuerdo PSOE-PP, debe acompañarse de la constatación de que el partido regionalista no estaba donde le tocaba estar y erró el tiro. Navarra se jugaba -se juega- mucho.

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Hace unas semanas escuchaba cómo Yolanda Barcina hablaba sobre UPN como un partido progresista, porque era un partido que buscaba el progreso de Navarra. Respondía así a los comentarios de un periodista que la entrevistaba sobre las posibilidades que las elecciones del 22M habían abierto de cara a conformar un gobierno en la Comunidad Foral.

Progresista, según el Diccionario de la Real Academia Española tiene dos significados posibles. El primero alude al Partido Liberal Progresista que “tenía por mira principal el más rápido desenvolvimiento de las libertades públicas”. No creo que UPN pretenda reivindicarse como heredero del legado del partido progresista, del liberalismo progresista de Sagasta, enfrentado al Partido Liberal Conservador de Cánovas y al propio Carlismo y el Tradicionalismo, que tanto recorrido han tenido en Navarra y que tanto han tenido que ver en el nacimiento del partido que preside Yolanda Barcina. No parece que un partido surgido como escisión de la derecha navarra durante la transición, precisamente para pedir el NO a la Constitución de 1978, pueda erigirse como heredero del liberalismo progresista de Sagasta.

El segundo de los significados se refiere a alguien “con ideas avanzadas” y, sinceramente, tampoco sería el caso. Sin embargo, al pensar en ello me surge la duda de si precisamente UPN pueda estar pensando en reivindicar las ideas avanzadas que Sagasta pudo llegar a tener hace siglo y medio como programa y proyecto ideológico válido para este siglo XXI (hamaika ikusteko jaioak gara, que en versión española podría ser algo así como “cosas veredes, amigo Sancho”). Sin embargo, tras un leve momento de duda, he descartado también esta posibilidad.

Progresista es, efectivamente, quien quiere el progreso de una sociedad, pero no un progreso técnico, económico, desde posiciones conservadoras e incluso reaccionarias. El término progresista sigue teniendo el significado que tuvo en el siglo XIX, referido a quien reivindica libertades y derechos todavía no conseguidos y quiere lograrlos por medio de cambios rápidos, profundos y reales. El pacto de UPN con el PSN y la ruptura con el PP han permitido a los regionalistas presentarse como un partido de centro-derecha, otorgando a los populares el papel de derecha-derecha. Sin embargo, esto es algo totalmente falso si tenemos en cuenta el origen, la evolución y las posiciones ideológicas de los líderes y los votantes del partido.

La respuesta de doña Yolanda podría tener su gracia como una idea ocurrente al hilo de una entrevista, como un guiño irónico a las preguntas de un medio de comunicación que, después de ganar las elecciones, le preguntó por la posibilidad de que el PSN optara por un gobierno de progreso. Probablemente no fuera otra cosa que la reacción molesta de alguien que prefería escuchar elogios y no que le recordaran que la derecha volvía a ser minoría en el Parlamento. Sin embargo, tengo la sensación de que son ya varios los casos en los que la derecha española y navarra han pretendido redefinir el significado de alguna palabra.

Algo similar ocurre cada vez que se debate sobre el franquismo o sobre la relación entre historia y memoria y no falta quien, desde las filas del regionalismo navarro, acusa de revisionismo a quienes defienden la recuperación de la memoria de los perdedores en la guerra civil. Y también en la misma línea van los esfuerzos del PP en estos últimos tiempos por travestirse como un partido obrero que defiende los intereses de los trabajadores. Basta un mínimo esfuerzo para poner en evidencia la falsedad y las contradicciones que se ocultan bajo estas burdas operaciones de marketing político.

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Como un buen amigo mío decía hace unos días, la fórmula ideada por Miguel Sanz de romper con el PP como manera de “asegurar con perspectiva de futuro la estabilidad del Gobierno Foral, es más que discutible” a la vista de los resultados de las elecciones de 2011. En realidad, es evidente que el planteamiento de Miguel Sanz iba más allá de la estabilidad de gobierno y pretendía mantener el control de la provincia y blindar una Navarra navarrista donde todo lo que suene a abertzale o, simplemente, a vasquista esté condenado al ostracismo.

Vale hacer unos simples números para ver que la fórmula de UPN+PSN ha pasado de 34 parlamentarios en 2007, a 28. Aunque se quisiera sumar a los 4 parlamentarios del PP, algo imposible a efectos reales, estaríamos hablando de 32 parlamentarios. Así pues, se puede decir que es precisamente este sector navarrista el que ha perdido realmente las elecciones. Joseba Santamaría se ha referido a ello muy gráficamente en un artículo titulado  “Coalición y derrota”.

Los resultados electorales han dejado al PSN en una situación complicada. Le han conferido un papel decisivo a la hora de conformar un gobierno, pero, en realidad, cualquiera de las alternativas que se le ofrecían tenía un claro coste político, sobre todo porque el socialismo navarro carece realmente de principios y convicciones, de modo que las decisiones se ven desde la ciudadanía como carentes de una base sólida y más motivadas por aspectos coyunturales y por intereses de aparato de partido.

El PSN tiene que recuperar la credibilidad y lo tiene complicado porque es más que evidente que ni tan siquiera ellos se creen lo que dicen. Ahora resulta que lo que en 2007 era imposible (un acuerdo de gobierno entre NaBai, PSN e IU) hubiera sido perfectamente factible y hasta deseable en 2011. Sin embargo, todos sabemos que la única razón por la que el PSN hace esta afirmación es precisamente que ahora ya no es posible porque los números no dan para ello. Bildu y la violencia de ETA vuelven a ser la excusa fácil para culpar a otros por no hacer lo que no se quiere hacer.

El PSN parece haber interpretado que su fracaso electoral en 2011 se ha debido no a su deriva ideológica y a su acuerdo para permitir que la derecha más rancia del Estado gobierne en Navarra, sino al hecho de no haber entrado en el gobierno. Al pactar con UPN, el PSN deja claras sus prioridades, abandona un espacio político interesante para quienes estén dispuestos a hacer política de izquierdas realista y se pliega al discurso antivasco del nacionalismo español más trasnochado que representa UPN.

Desde los tiempos de la transición a la democracia, Navarra se ha caracterizado por el enfrentamiento entre dos bloques que afirman lo contrario pero desde las mismas posiciones ideológicas, dos esencialismos representados hoy en día por UPN y Bildu. Ambos se necesitan, se buscan y se retroalimentan. El reto está en construir no desde la negación del que piensa de modo diferente, no en agruparse sobre las propias esencias para contar cuántos somos. Ese no es el camino, al menos no en Navarra. Ese es el mensaje de los resultados electorales. Aunque a corto plazo, la fórmula de Miguel Sanz va a permitir un nuevo gobierno UPN+PSN, a medio plazo es evidente que ha fracasado. Tampoco ha triunfado el polo soberanista de Bildu, convencido como estaba de que se iba a convertir en la segunda fuerza de Navarra pasando por encima de PSN y, sobre todo, de NaBai.

Frente a ellos, NaBai ha consolidado su espacio electoral, un suelo firme a partir del que construir, desde el que tender puentes, desde el que hacer política real. El crecimiento de NaBai no está entre quienes siguen alimentando un esencialismo nacionalista vasco y basan su acción política en la negación y el no por el no. Bildu ha recuperado ese espacio. NaBai es la única respuesta real a otra Navarra posible que supere la actual incomunicación entre navarros y nabarros. Ese discurso político está todavía por construir, pero hay ya muchos elementos para poder hacerlo.

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