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[en Diario de Noticias de Navarra, 26 de noviembre de 2011, por el Foro Er@gin, integrado por Gregorio Monreal, Fernando Mikelarena, Álvaro Baraibar y Mikel Aramburu Zudaire]

El 20-N puede dar lugar a multitud de análisis y enfoques diferentes, entre otras cosas, porque eran varias las cuestiones que estaban en juego. Han sido las elecciones de la democracia en que el PP ha conseguido su mejor resultado, superando la mayoría absoluta de José María Aznar en 2000, y en las que, al mismo tiempo, el PSOE ha obtenido sus peores resultados, por debajo del suelo de los socialistas liderados por Joaquín Almunia en 2003 (con 125 diputados) o de las elecciones constituyentes de 1977 (con 118 diputados). Más allá de estos resultados, pese a la rotunda mayoría absoluta de los populares y tal vez como una reacción espontánea al esquema bipartidista, en esta XI legislatura van a estar representadas en el Congreso ocho formaciones de implantación regional o de nacionalidades. No es baladí que la suma de los votos obtenidos por PP y PSOE haya pasado de los más de 21,5 millones de 2008 a los 17,8 del pasado 20-N.

Aunque, a la hora de legislar, Mariano Rajoy podrá prescindir del resto del arco parlamentario si así lo quiere, quizás necesite amplios consensos para tomar determinadas decisiones o impulsar ciertas políticas. En este sentido, el líder del PP podría buscar acuerdos por dos vías diferentes, en buena medida excluyentes entre sí. La primera opción le llevaría a apoyarse, como tantas veces han hecho los Gobiernos del Estado, en los partidos nacionalistas de Cataluña y Euskadi y en formaciones regionalistas como Coalición Canaria. Sería más fácil llegar a acuerdos con ellas en lo que concierne a las medidas anticrisis, la gran cuestión de la presente legislatura. Pero no hay que excluir el entendimiento con formaciones de ámbito estatal como UPyD -la fuerza emergente de signo españolista radical- y el propio PSOE. La crisis podría obligar a ello a los socialistas, sin olvidar que cualificados dirigentes del partido comparten el deseo de recentralizar el Estado que han expresado el PP y UPyD. El entendimiento PP-PSOE para la reforma constitucional con que se cerró la legislatura es buena prueba de ello.

Uno de los pilares del pacto constituyente fue la organización territorial y el reconocimiento del hecho diferencial de las nacionalidades, condicionado, sobre todo, por la reivindicación histórica de la diferencialidad vasca y catalana. En las últimas décadas las deficiencias de las fórmulas de integración ofrecidas a esas dos nacionalidades en los acuerdos constitucionales y estatutarios han motivado que desde esos dos ámbitos se haya planteado la necesidad de otros pactos. En este sentido es significativo que PNV y Amaiur hayan obtenido 11 de los 18 diputados en la CAV, o, algo insólito durante la etapa democrática, los 16 escaños de CiU en Cataluña, o los 2 diputados de GeroaBai y Amaiur en Navarra. Se dirá que es un reflejo de autoprotección ante la avalancha del PP, pero en todo caso son datos que expresan el enraizamiento y la operatividad del hecho diferencial de estos territorios y de la necesidad por ello de escuchar y tener en cuenta sus voces a la hora de definir las líneas de actuación de la presente legislatura.

El 20-N era también importante en Navarra y la CAV. Tras años en que la IA no había podido presentarse a unas generales, había llegado el momento de ver cómo se recomponía el espacio nacionalista tras el abandono de las armas por parte de ETA. En la CAV, PNV y Amaiur se disputaban la condición de fuerza mayoritaria. Es cierto que Amaiur, empujada por la gratitud social por el fin de la violencia, ha conseguido 6 diputados frente a los 5 del PNV, pero los jeltzales continúan siendo el partido más votado con casi 40.000 sufragios de ventaja sobre aquélla. Se repite así un resultado casi idéntico al del 22-M, algo muy a tener en cuenta de cara a los comicios de la CAV, se celebren estos en 2013 o antes, en el caso de que PSE y PP no sean capaces de sostener al Gobierno López hasta entonces.

En Navarra, la debacle del PSOE ha coexistido con un relativo fracaso de la coalición UPN-PP que, aunque ganadora, se ha quedado lejos de su techo histórico por no haber podido retener el electorado propio ni atraer el ajeno. Por otra parte, el éxito relativo de I-E queda matizado por su dimensionamiento real, sin capacidad de sumar el voto desencantado del PSOE. También merece ser comentada la subida de UPyD, expresión de que entre nosotros existe un sector social que escucha con agrado un mensaje de patriotismo español o españolista centralizador, enriquecido con ingredientes explícitamente antiforales.

Pero no cabe duda de que aquí la gran incógnita era saber cuál iba a ser el resultado de GeroaBai, después de que, en diferentes momentos de estos últimos años, Batzarre, EA y Aralar abandonaran NaBai. Comentaristas y políticos pensaron que era una pugna desigual decidida a favor de Amaiur, pero las elecciones han mostrado que algo se mueve y está cambiando en el espacio político abertzale y vasquista; que se acentúa la permeabilidad y crece el deseo de propiciar un entendimiento transversal; que se difuminan las fronteras entre el voto nacionalista vasco y el no nacionalista; y que la política de frentes y de enfrentamiento que tantos réditos ha dado a algunos pierde su virtualidad. El éxito de GeroaBai -con una Uxue Barkos que ha representado y ha sabido trasladar la ilusión y la credibilidad del proyecto- acredita la validez de los valores políticos que empezó a defender NaBai en 2004. Hay un sector decidido de la opinión pública navarra que cree que esa vía no debe abandonarse. El camino que lleva al cambio político en esta tierra es largo y difícil pero ya se ha recorrido una etapa y nos vuelve a dirigir la mirada no al pasado, sino al futuro.

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[por Álvaro Baraibar, en Diario de Noticias de Navarra, 21 de noviembre de 2011]

En estas elecciones generales estaban en juego cuestiones distintas en diferentes planos. En España había que aclarar cómo de amplia iba a ser la mayoría del PP y cómo de grande el castigo al PSOE.

Los datos son rotundos: el peor resultado del PSOE en democracia coincide con los mejores números del PP. Poco ha podido hacer el sprinter Rubalcaba en una carrera en la que partía demasiado lejos de meta y en la que competía con un Mariano Rajoy al que los desaciertos del Gobierno de Zapatero habían colocado a un pasito de la meta. Por si fuera poco, el desempleo, la presión de los mercados y la prima de riesgo de la deuda española han sido obstáculos insalvables para un Rubalcaba que podía aportar al PSOE cualquier cosa menos renovación. La mayoría absoluta del PP es clara, pero no lo es menos que Cataluña y Euskadi no se han sumado a esa ola ganadora de los populares y Rajoy debería tenerlo en cuenta.

Estas elecciones eran, además, las primeras generales después de muchos años en que la IA se podía presentar. En la CAV, las fuerzas nacionalistas han sido las grandes triunfadoras, con Amaiur como coalición más votada, seguida de cerca por el PNV.

Y en cuanto a Navarra, más allá de ver quiénes iban a ser los 5 diputados que fuesen a Madrid, el día de ayer se resolvía también otra cuestión. Lo que estaba en juego en estas elecciones era el futuro y la viabilidad del proyecto de Nafarroa Bai, es decir, Geroa Bai. En este sentido, las elecciones han demostrado que Geroa Bai tiene un espacio electoral consolidado, con más del 12% de los votos. Las elecciones han demostrado que una coalición formada por dos pequeños partidos (PNV y Atarrabia Taldea) y una asociación de independientes (Zabaltzen) a escasos dos meses de la votación ha sido la respuesta que muchos miles de navarros y navarras demandaban. Así pues, Nafarroa Bai tiene futuro: Geroa Bai. Más allá de lo que estos resultados suponen para Navarra, será interesante ver la lectura que hacen de ello los partidos políticos y la sociedad en general. Muchos son los que reclaman un cambio en política. Habrá que estar atentos a lo que nos depare el futuro y la voz de Uxue Barkos, la voz de Geroa Bai en Madrid.

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[por Álvaro Baraibar, en Diario de Noticias de Navarra, 7 de noviembre de 2011]

HEMOS superado ya el primer fin de semana de campaña de las elecciones generales, las undécimas de la democracia en este undécimo mes del año 2011. Las papeletas que se depositen en las urnas el próximo 20-N configurarán un Congreso y un Senado en su décima legislatura, undécima si tenemos en cuenta la constituyente de 1977. El destino (en forma de Junta Electoral Provincial) ha querido que en Navarra fueran también once las candidaturas aceptadas, de modo que tenemos un once, del once, del once elevado a la enésima potencia.

A pesar de los grandes pronunciamientos sobre momentos históricos o sobre posibles vuelcos electorales, los comicios suelen mostrar la imagen de una sociedad que cambia lentamente o que, incluso, se resiste a cambiar. Por tanto, ¿qué podemos esperar, qué es distinto en esta ocasión?

Con el permiso del CIS o sin él, el 20-N la ciudadanía dirá cómo de grande es la factura a pagar por el PSOE por su pésima gestión de la crisis económica y cuál será la mayoría con la que el PP podrá contar en los próximos cuatro años. A nivel de Euskal Herria, la cuestión estará en ver cómo se configura el reparto de escaños tras el abandono de la violencia por parte de ETA y ahora que la izquierda abertzale oficial puede presentarse a las elecciones y lo hace en la cresta de la ola gracias a la esperanza de la paz. Será interesante ver si Amaiur (¿o tal vez Sortu?) estará en condiciones o no de pelear con el PNV en las próximas elecciones autonómicas vascas la condición de fuerza nacionalista más votada. Y en cuanto a Navarra, más allá de otras cuestiones (también relevantes), tal vez el aspecto más importante a resolver el 20-N sea ver hasta qué punto la sociedad navarra está harta de una política antigua, una política de bloques como la que hemos vivido en el pasado y decide apostar por nuevas maneras de entender y de actuar en la vida pública, por explorar nuevas vías a la hora de construir un futuro diferente. La gran incógnita en Navarra, el próximo 20-N, es, en definitiva, Geroa Bai. Hamaika galdera, ¿zenbat erantzun?

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[por Koldo Martínez, miembro de Zabaltzen. Publicado en Diario de Navarra, el 14 de septiembre de 2011]

El argumento esgrimido para impulsar la reforma constitucional ha sido el de la crisis económica y la necesidad de enviar mensajes a los mercados. Sin embargo, a nadie puede escapársele el hecho de que una reforma constitucional, más si cabe en España, trasciende el hecho coyuntural del techo de gasto de las administraciones públicas. Hay otros aspectos de la Carta Magna, y no poco importantes, que deben ser abordados y debatidos y que llevan muchos años de espera por la sencilla razón de que no parecen suscitar, de momento, un nivel de consenso equivalente, en cuanto al número y la representatividad, al de 1978.

Este es el contexto en el que dos partidos, PP y PSOE, han decidido pactar una reforma tramitada por vía de urgencia y sin referéndum, imposibilitando de este modo que la ciudadanía se pronuncie y muestre el grado de apoyo que la misma tiene a nivel de todo el Estado y también, no hay que olvidarlo, en las diferentes Comunidades que componen el Estado español.

Contemplada hacia el exterior, la reforma pactada por PP y PSOE puede transmitir una imagen de firmeza, de un gran pacto entre los dos grandes partidos estatales (siguiendo el ejemplo alemán), representantes de la gran mayoría de los españoles. Sin embargo, contemplada hacia el interior, la reforma supone, como se ha dicho, una quiebra del pacto y consenso constitucionales. Es cierto que PP y PSOE representan sobradamente la mayoría cualificada que legalmente es necesaria para impulsar una reforma constitucional, pero no lo es menos que la configuración territorial y política que estableció la Constitución y que están en la base misma del pacto constitucional reclaman un acuerdo que trascienda Madrid y que integre otras sensibilidades que están presentes y que son mayoritarias en las naciones o nacionalidades que reconoce la propia Carta Magna.

En este sentido, la escenificación del pacto alcanzado por PP y PSOE es muy importante y representa un giro con respecto a la postura mantenida hasta este momento, ya que ellos se han erigido en garantes e intérpretes de la voluntad nacional, excluyendo deliberadamente al resto de fuerzas políticas, emplazándolos a sumarse o no en un segundo momento, una vez que ellos hubieran fijado la ortodoxia del interés general, la voz del sujeto político, del sujeto constitucional. El mensaje a las nacionalidades recogidas en la Constitución, y cuya participación hasta ahora en cualquier reforma constitucional se hacía necesaria, es rotundo.

Siendo así, es importante reflexionar sobre lo ocurrido desde la perspectiva de los territorios forales y, concretamente, desde Navarra, teniendo en cuenta su autonomía fiscal y su régimen foral, ya que, curiosamente, UPN ha sido la única fuerza que se ha sumado al pacto. La postura oficial de Unión del Pueblo Navarro hasta ahora había sido la defensa de la necesidad de pacto entre el Estado y Navarra para cualquier aspecto que afectara a la Comunidad Foral. Sin embargo, este pacto no se ha dado, no ya a nivel jurídico, sino ni tan siquiera a nivel político. Navarra no ha sido ni atendida ni escuchada en ese pacto entre PP y PSOE a pesar de tener un régimen fiscal propio garantizado por el Convenio Económico y el Amejoramiento del Fuero y por la propia Disposición Adicional Primera de la Constitución. El voto favorable de UPN en el Congreso no puede ser entendido como una incorporación voluntaria de Navarra al nuevo pacto constitucional, ni tan siquiera aunque UPN haya cometido la torpeza, como tantas veces, de creer que es la única y verdadera voz de Navarra.

¿Cómo puede, por tanto, entenderse el apoyo de UPN a esta reforma constitucional que, en otras circunstancias, habría sido catalogada como un contrafuero y una injerencia en la autonomía navarra? El apoyo de UPN representa un espaldarazo a la España Uniforme, tan innecesario numéricamente como clarificador de su concepción de la relación de Navarra con el Estado. UPN está preparando el camino de un futuro entendimiento con el PP cuando los populares ganen las elecciones del 20-N y los regionalistas necesiten de Madrid, gobernado no por los socialistas, sino por los populares. UPN, por tanto, ha apoyado una reforma constitucional que afecta seriamente a la autonomía fiscal y foral de Navarra por intereses puramente partidistas. UPN, en definitiva, vuelve a demostrarnos que sigue pensando en Navarra no como sujeto, sino como objeto.

Estatua de los FuerosEs, por otro lado, llamativo el silencio de los regionalistas, populares y socialistas navarros ante una reforma constitucional que afecta seriamente a Navarra y a un régimen foral que afirman defender. Es curioso ver cómo la única voz que se ha podido escuchar en defensa del Convenio Económico y de la autonomía fiscal navarra ha sido la de Uxue Barkos, la de Nafarroa Bai. La única voz que ha reivindicado a Navarra como Sujeto político, y la única voz que ha calificado el proceso como “contrafuero”. Y es curioso precisamente porque el gran argumento regionalista a la hora de justificar el pacto entre UPN y PSN ha sido siempre el de evitar que los nacionalistas llegaran al poder porque ello supondría el final del régimen foral navarro.

UPN, que nació pidiendo el NO a la Constitución, ha sido, sorprendentemente, la única fuerza que ha apoyado una reforma pactada sólo por PSOE y PP, conformando un nuevo consenso constitucional de lo más particular. Y lo ha hecho, olvidándose de defender el Convenio y, en definitiva, el régimen foral navarro.

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Es un lugar común en todos los análisis que uno lee sobre la situación actual el dar por hecho que Zapatero pactará con el PNV los próximos presupuestos a cambio de transferencias para Euskadi. Soy de los que opina que una negociación presupuestaria no es el lugar adecuado para cambiar cromos sobre competencias autonómicas por dignidad, en primer lugar, pero también por sentido práctico, por cómo contemplan ese mercadeo desde España y la imagen negativa que arroja sobre los llamados “nacionalismos periféricos”. Es triste tener que recurrir a una negociación presupuestaria para lograr que se aplique la Ley y que competencias que territorios como Euskadi deberían ejercitar desde hace 30 años sean por fin una realidad. Pero es más triste todavía comprobar que es imposible explicarle eso a una persona de fuera de Euskadi sin que piense que no eres sino un pedigüeño y un aprovechado o simplemente un “nacionalista de mierda”.

Es bastante frecuente escuchar a ciertas personas criticar las propuestas de reforma de los regímenes autonómicos en el estado español y cantar las alabanzas de la época de la transición a la democracia, cuando todo se hacía por un amplio consenso y gracias al acuerdo y buena voluntad de todos. Normalmente ese argumento se emplea para criticar a esos nacionalismos insaciables que no hacen otra cosa que pedir nuevas transferencias y mayores cotas de autogobierno aprovechando cualquier resquicio y cualquier momento de debilidad por parte del gobierno de turno en Madrid. Pero lo que no ven o no quieren ver esas mismas personas es que ha habido un histórico incumplimiento de ese supuesto espíritu de la transición que distinguía entre regiones y nacionalidades no cuantitativamente, por la cantidad de competencias que cada cual pudiera llegar a tener, sino, cualitativamente, por lo diferente de su conciencia identitaria e incluso por el distinto origen de sus competencias (como es el caso de Navarra y Euskadi, con sus derehos históricos y sus regímenes forales). Tampoco quieren ver esas mismas personas que tanto ensalzan la transición y la Constitución de 1978 que esa misma norma contiene artículos, como el 150.2 que permite a un Gobierno transferir competencias a una determinada Comunidad aunque en un principio dichas competencias se considerasen como exclusivas del Estado. Es perfectamente constitucional la superación del techo autonómico y aquel pacto constitucional de 1978 así quiso reconocerlo.

El problema es que los llamamientos al espíritu de la Constitución de 1978 o al consenso constitucional en realidad suelen ocultar argumentos, ideas y opiniones no tan constitucionales y democráticos. Lo que subyace bajo esa argumentación no es otra cosa que un nacionalismo español que considera que lo que hay es ya demasiado “ceder” a unas “regiones de España” que debieran estar agradecidas; un nacionalismo español que considera impensable cumplir lo que la propia Ley dice (no ya el espíritu sino la letra misma de los Estatutos de autonomía ha sido incumplida por gobiernos tanto del PP como del PSOE); un nacionalismo, en definitiva, que niega el carácter abierto, dinámico y cambiante de las identidades y de las relaciones entre esas nacionalidades (naciones para muchos de nosotros y cada vez para más personas) y el Estado. Un nacionalismo que no pone objeciones mientras las cosas vayan según lo que a ellos les interesa, pero que se rasga las vestiduras cuando alguien se sale de su guión y que no tiene problema alguno a la hora de cuestionar  y poner en duda la legitimidad de decisiones mayoritarias fruto de un pacto político como ha ocurrido con el Estatut de Catalunya.

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La política del Partido Socialista Obrero Español a finales de la pasada legislatura y en lo que llevamos de la actual se está basando fundamentalmente en una política de gestos. Buena parte de la labor legislativa llevada a cabo por el PSOE hoy en día no responde a necesidades reales e inmediatas de la sociedad. Se trata, por el contrario, de iniciativas que en algunos casos ni tan siquiera estaban en el programa con el que los socialistas se presentaron a las elecciones de 2008 y que ellos han llevado al centro del debate político simplemente para desviar la atención de otros problemas más reales y más urgentes.

De igual manera, el Partido Socialista de Euskadi, está cayendo también en esa misma política de gestos. No se trata, sin embargo, de un intento de copiar al hermano mayor, sino que en el caso de Patxi López responde a otras motivaciones y necesidades.

Los socialistas vascos, durante varias décadas, han basado su trabajo en la oposición en una crítica al PNV por lo que ellos consideraban una política de símbolos, centrada en problemas alejados de los intereses reales de la sociedad, preocupada por debates identitarios que dejaban de lado los auténticos problemas de la ciudadanía y que interesaban únicamente a la clase política. Casi 30 años después de ser aprobado el Estatuto de Autonomía del País Vasco, los socialistas han llegado al poder en la CAV y lejos de centrar su labor en políticas sectoriales, en aquellas políticas que la ciudadanía reclamaba, están basando su labor exactamente en lo mismo por lo que criticaban al PNV, pero en sentido contrario: afirmar una identidad española del País Vasco.

Tal vez los socialistas vascos se crean en la obligación de demostrar, con su acción de gobierno, que Euskadi no es lo que se había dicho que era, sino que es otra cosa diferente. Tal vez los socialistas vascos quieran aprovechar la oportunidad que la ilegalización de la izquierda abertzale oficial les ha dado para hacer ver a la sociedad vasca que hay vida más allá del PNV y que no pasa nada por lucir una bandera española en Rentería. Tal vez los socialistas vascos crean que el mayor problema de Euskadi en las últimas décadas ha sido que la selección española (en las distintas modalidades deportivas) no haya jugado en territorio foral. Tal vez los socialistas vascos crean que trayendo la selección española de baloncesto al Buesa Arena, la selección española de fútbol a San Mamés y la vuelta ciclista a España a San Sebastián vayan a convertir en hinchas de “la roja” a estos díscolos norteños, empeñados en extravagancias como tener su propia selección nacional.

Lejos de abandonar el debate identitario, socialistas y populares vascos (con perdón) lo están azuzando. Y no me estoy refiriendo al cambio en la fórmula de jura del cargo de Lehendakari o al mapa del tiempo en EiTB. Tampoco me refiero a la presencia de Patxi López en los actos organizados para la conmemoración del aniversario de la aprobación de la Constitución. De hecho, lo considero coherente con la postura mantenida por los socialistas vascos respecto a la Carta Magna y al propio Estatuto de Autonomía desde la transición, algo que no se puede decir del PP con la misma claridad.

Me estoy refiriendo en este caso a las declaraciones sobre la disputa de partidos de la selección española en la CAV y me estoy refiriendo también a la propuesta hecha por el PP de eliminar el cuartel del escudo de Euskadi que durante un tiempo fue ocupado por las cadenas de Navarra hasta que una sentencia del Constitucional lo prohibió en 1985. Se trata, según a explicado Leopoldo Barreda, de suprimir “toda referencia a Navarra” en el escudo de la Comunidad Autónoma Vasca. No importa que el TC no prohibiera el cuartel, sino la presencia en él de las cadenas navarras.

En fin, ya sabemos que en política aquello de que “donde dije digo, digo Diego” está a la orden del día, pero no por ello vamos a dejar de denunciarlo. De momento, parece que la política de verdad tendrá que esperar en Euskadi, mientras socialistas y populares vascos se centran en debatir, desde el Gobierno y no ya desde la oposición, sobre la identidad vasca.

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20091027_antivasquismoDesde las posiciones políticas defendidas por personas como Víctor Pradera y otros, el navarrismo se ha ido consolidando como una variante del nacionalismo español con una fuerte dosis de anti-vasquismo. Podríamos poner numerosos ejemplos de los años 20 y 30, antes de la Guerra Civil; muchos más todavía de los años 40, 50, 60 y 70, en pleno franquismo; de los 80 y 90, ya en plena democracia; o también de esta primera década del siglo XXI.

El último ejemplo lo podemos encontrar en las críticas vertidas desde Navarra, concretamente desde el PP navarro y desde UPN, al acuerdo alcanzado entre PSOE y PNV para que las Ikastolas navarras se beneficien de 2 millones de euros ante el anunciado recorte de fondos para este fin del Gobierno Vasco de Patxi López. Es curioso ver cómo quienes afirman defender a los navarros critican que otros consigan fondos que ellos ni han podido ni han querido pelear en Madrid.

La crítica podría ser justificable en el caso del PP porque se trata de una fuerza enfrentada al PSOE en todo, especialmente cada vez que llega el debate en torno a los Presupuestos Generales del Estado. Pero es cuando menos curioso ver cómo la crítica llega también desde UPN, en boca, sobre todo, de su diputado, Carlos Salvador (y también de su portavoz en el Parlamento de Navarra, Carlos García Adanero, aunque con matices forales).

A pesar de la supuesta colaboración existente entre UPN y PSN-PSOE (evidente para tantas cosas) ha tenido que ser una fuerza como el PNV la que ha negociado y conseguido 2 millones de euros destinados a mejorar la educación en Navarra. El PNV, una fuerza política que ha sido enviada a la oposición por el PSE-PSOE, ha tenido la capacidad de negociar con los socialistas en Madrid, mientras que UPN, que se mantiene en el poder en Navarra gracias al PSN-PSOE no ha tenido los mismos reflejos y se contenta con poder sacar adelante sus presupuestos en Navarra. Es más, quien ha alcanzado el acuerdo ha sido el PSOE de Madrid, porque si hubiera sido por el PSN tampoco se habría conseguido nada. Para dar un toque de color al tema, Miguel Sanz, el gran defensor dentro de UPN de los acuerdos con el PSN, se alegraba de la noticia a pesar de lo que su compañero decía en Madrid.

Sin embargo, la actitud de PP y UPN al respecto de la enmienda pactada por PNV y PSOE evidencia algo más que la total falta de interés de ambas formaciones por el euskera, por la educación en euskera y por los navarros que optan por este modelo educativo. La crítica a la enmienda se ha vestido con el ropaje navarrista de una injerencia del nacionalismo de la CAV sobre competencias forales como la Educación pero, en realidad, no es sino una muestra de ese sentimiento anti-vasco de un navarrismo que prefiere perder los 2 millones de euros antes de que estos se destinen a las Ikastolas navarras.

Un sentimiento anti-vasco (alimentado por el terrorismo durante décadas) que ha dirigido la política navarra de UPN en las últimas legislaturas, que ha servido de excusa para la expulsión de CDN del Gobierno Foral y que UPN no consigue maquillar a pesar de que se ha puesto de manifiesto que la sociedad navarra no le sigue por ese camino. Un sentimiento que, no obstante, parece que puede todavía dar votos y decantar a un cierto sector de votantes hacia PP o UPN.

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